Soy Victor Prior y llevo media vida —bueno, casi una vida entera— con el cuchillo en la mano y el delantal lleno de historias. Todo empezó cuando abrí esta carnicería pequeña pero matona aquí en Albacete. No tenía ni cartel luminoso ni redes sociales; tenía, eso sí, un mostrador de roble y unas ganas tremendas de demostrar que el cordero manchego es otra liga.
A muchos les llama la atención el género que enseño en la vitrina, pero la magia de verdad pasa en la parte de atrás, en mi obrador. Ahí, entre humo suave y especias que huelen a pueblo, preparo chorizo, salchichón y morcilla como lo hacía mi abuelo: de lotes pequeños, sin prisas, dejando que la tripa respire y el tiempo haga lo suyo. Ese embutido casero ha corrido de boca en boca (nunca mejor dicho) y hoy es casi tan famoso como el cordero.
No me verás mandando carne a media España: creo en lo cercano. Atiendo a familias que vienen de toda la ciudad con la misma ilusión que a los restaurantes de renombre que confían en mí para sus cartas. Si pruebas un plato de cordero impecable en algún sitio bueno de Albacete, lo más seguro es que el animal haya pasado antes por mi mesa de corte.
Porque esto no va solo de vender carne: va de charlar, de aconsejar el punto exacto de asado, de cortar una chuleta al grosor que tú me pidas. Este año ha llegado la siguiente generación a la familia y, entre baberos y cuchillos recién afilados, ya se intuye quién cogerá el relevo. La tradición no se hereda por decreto: se mama entre el ruido de la sierra y el olor a ajo y pimentón de los embutidos colgados.
Así que si andas por Albacete y quieres saber cómo sabe de verdad el cordero manchego —o si buscas embutido casero que te haga cerrar los ojos de gusto— pasa por la tienda, llama, pita o manda un WhatsApp. Aquí seguimos, cortando, curando y contando historias.